Cuando
me invitan a charlas o a impartir algún taller de escritura, suele surgir la
misma pregunta: ¿De dónde nace la inspiración? ¿Cuál es el origen de las
historias que escribo?
Todos
podemos imaginar que parte de esa inspiración nace del bagaje del escritor, es
decir, de los libros que ha leído, las películas y series que ha visto, de las
historias que ha escuchado por boca de otros…
Pero
más allá de estas influencias, lo que hace única la obra de cualquier artista,
sea en literatura o en otras disciplinas, son las vivencias subjetivas, aquello
que nos convierte en quiénes somos y por lo que nuestros personajes y temas
recurrentes son los que son.
Yo me
baso en el mundo onírico, en sueños y pesadillas, pues soy una soñadora lúcida
y recuerdo la mayoría de locuras que me pasan por la cabeza.
La
extrañeza es otra de mis musas. La capacidad de asombro que tenemos de niños
nunca me ha abandonado y veo magia allí donde miro, porque es inherente a
nuestra realidad y va más allá de los límites impuestos por la lógica de
nuestra época y sociedad.
Me baso
en un mundo de posibilidades sin barreras porque he crecido rodeada de fantasía
y, en el transcurrir de los años, no la he olvidado. Puede que esto haga un
poco estrambótico el vivir conmigo, pues no me extraño si me parece percibir un
elemento no-reconocido en el bosque y pido permiso a los espíritus de un lugar
antes de acceder a él. Pero, más allá de mis rarezas personales, creo que todo
ello me ofrece una oportunidad de creación, la posibilidad de hablar de un
mundo a nuestro alcance que no siempre estamos dispuestos a percibir.
EL
SEÑOR DEL VIENTO nació con un viaje, con la misma escena que podéis leer como
inicio de la novela, sólo que mi pareja era quien conducía y yo la que
vislumbró la cabeza del león. El pueblo, las bocas en la montaña, el santuario
y las estatuas de Fox y de Doug existen. De hecho, incluso tengo una fotografía
de Psilo.
Fue un
viaje extraño que debía permitirme descansar. En lugar de eso, en cuanto
llegamos, me vi perseguida por imágenes y sucesos extraños. No podía dormir,
así que empecé a escribir.
Al
segundo día, mi pareja me subió al coche y arrancó el motor, alejándome de
allí. De regreso, una melodía vino a mi mente, después una canción que no dejé
de canturrear hasta finalizar el libro y, como si el hechizo se hubiera roto,
cuando teclee las últimas palabras, pude volver a dormir.
Los
límites entre la ficción y la realidad, entre la magia y la lógica, se quiebran
en todas mis historias. Un hilo común las mantiene unidas con una telaraña
invisible a ojos inexpertos —o demasiado “adultos”, rígidos y dados a la norma—,
un cosmos que puede adivinarse a través de los distintos relatos y sus
personajes, con guiños de un libro a otro, de un mundo al siguiente; unidos
están Nico, de EL SEÑOR DEL VIENTO, con Carrie, Anne y Neil, de ROJO SOBRE
NEGRO, y Marina, James y Lara, de LA CASA DEL TORREÓN, como unidos estamos
todos sin que percibamos los lazos y causalidades que nos mueven.
Isabel
del Río
Febrero/Junio
2021