@IsabelDlRio / @miransaya
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martes, 10 de enero de 2017

Concurso: 10 años de escritura

Este 2017 hace 10 años desde que publiqué mi primer libro: Casa de Títeres. Historia que vio su segunda edición antes de que la editorial desapareciera, por lo que el libro quedó descatalogado. 

La odisea de Anna resurgió en LoveFool —antología de relatos de fantasía, terror y erótica— por petición de los lectores, que no encontraban el libro por ningún lado. Pero un día, haciendo limpieza en casa de mis padres, encontré unos cuantos ejemplares... 
Para celebrar esta fecha tan especial sorteo 3 ejemplares de la Casa de Títeres original entre aquellos que sepan responder a estas preguntas, todas relacionadas con mis novelas e historias online:

1.       ¿Cuál es el nombre de la persona que revela la verdad a Anna? (Casa de Títeres)
2.      ¿Qué lleva siempre Marina alrededor de la muñeca? (La Casa del Torreón)
3.      ¿Quién es la compañera de Marina en la segunda parte de La Casa del Torreón? (La Casa del Torreón II. El Despertar de las Sombras)
4.      ¿Qué es lo que atormenta a Astrid? (Astrid – online)
5.      ¿Quién nos visita con la nieve? (Nieve - online)
6.      ¿Cuál es la tercera carta que encuentra Laia y dónde? (La Vidente de la Luna Llena)
7.      ¿Cuál es el nombre de la protagonista del relato 'Yo soñé con el fin del mundo'? (20 Relatos del Fin del Mundo)
8.     ¿A qué autor está dedicado el relato 'Cómo matar un sueño'? (Sueños)
9.      De 100 Cosas que hacer en Barcelona al menos una vez en la vida, ¿cuál es tu preferida? 
10.  ¿Quién ayuda a Nico cuando no encuentra a su padre? (Las Bocas de la Montaña. El Señor del Viento)

¡Espero vuestras respuestas*! Tenéis hasta el 23 de Abril, día de la publicación de Casa de Títeres.


*Las respuestas se enviarán a miransaya@gmail.com con Asunto: Concurso 10 años. Se aceptarán respuestas hasta el mismo 23 de abril a las 00h. En el cuerpo del mail se responderá a las preguntas del concurso y, en un documento adjunto, se añadirán los datos de contacto del concursante. En caso de haber más de 3 concursantes con todas las respuestas correctas, se escogerán las más originales dentro de la pregunta 9; en tal caso el jurado será de 3 personas, contando con la misma autora de las obras.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Astrid, capítulo 12: El paquete morado

Domingo, 2 de marzo de 2008
En Barcelona

«Y después de la niebla el Sol inundó cada rincón de la umbría ciudad iluminando, como si fuera una señal, el cartel bailarín de hierro negro y madera de roble en el que rezaba Babilonia con letras doradas góticas».
—El diario empieza a llenarse, ¿eh? —Dice sonriente tío Bernard recorriendo con la yema de su dedo índice las últimas palabras que he escrito haciendo que la “s” de “góticas” se alargue y difumine —Lo siento —se disculpa poniéndose rojo por su fallo.
—Tranquilo, le da un aire más antiguo —me río —. Aunque ya no lo estoy escribiendo como un diario, más bien son historias —le explico —, las aventuras de una chica llamada como yo.
Me despeina. Parece que ya se ha acostumbrado a mi nuevo peinado y le gusta, la verdad es que yo también me siento cómoda con mi nuevo look.
—Bueno, no quiero distraerte de tus manuscritos futura Premio Planeta, pero me he encontrado con una de nuestras clientas, la señora Valette, y ha insistido en que te diera esto, que era para ti —dice tendiéndome un paquetito envuelto en un pañuelo de seda morado.
Con cuidado, cautelosa e intrigada, desato el lazo negro que lo sujeta y desnudo un mazo de cartas algo viejas y roídas.
—¿Qué es? —le pregunto sin haberlas examinado todavía.
—Creo que es una baraja de tarot —dice Noa que se ha añadido a la conversación como una aparición —, mi abuela tenía barias de estas, si quieres puedo traerte un libro que explica cómo tirarlas.
Sigo mirando la baraja, sin mover una sola carta, me recuerda al libro de El Principito, abandonado en mi mesilla, sin ser abierto ni leído porqué en su interior hay un mensaje al que todavía no me puedo enfrentar.
—Vamos —apremia tío Bernard —, la señora Valette ha dicho que tienes “luz”, aunque no sé que quería decir —se ríe —. Échamelas a mí.
—No sé hacerlo —digo sobando esos trozos de cartón con figuras, colores y números romanos.
—Mi abuela decía que era por intuición y que no necesitabas saber el significado de cada carta —explica Noa haciéndose el entendido —. Haz una prueba.
Dejo el lazo y el pañuelo en la mesa y empiezo a barajarlas. Un hormigueo, entre un molesto cosquilleo y unas dolorosas punzadas, empiezan a recorrer mis dedos, mis manos y mis antebrazos. Respiro profundamente tratando de calmar aquella sensación, debe ser una reacción nerviosa. Me concentro en el rostro de mi tío, en sus ojos de crema de café, en sus labios color caramelo, ahora libres de barba.
—Deja que corte tu tío, que saque cinco cartas y después haces una cruz —indica Noa.
Tío Bernard corta aguantándose la risa y después elige cinco cartas al azar. Yo las coloco en forma de cruz.
—El problema o asunto —Noa indica la carta de en medio —, pasado —señala la que queda a la derecha —, presente —indica la de la izquierda —, sorpresas u obstáculos —señala la de arriba —, y conclusión.
Las levanto una a una: la primera es La torre; la segunda es el Cinco de copas; la tercera es La luna; la cuarta Los enamorados; y, finalmente, la quinta es La muerte. Tío Bernard se queda serio y pálido observando la última carta.
—Tranquilos, tranquilos —dice Noa intentando calmar a mi aparentemente asustado tío —. Mi abuela siempre me decía que La muerte no es tan mala, habla de cambios, de dejar una vida a tras y emprender una nueva, o algo así… —se rasca la cabeza esperando haber aclarado las cosas.
Yo observo los dibujos: el hombre y la mujer cayendo de una torre destruida por un rayo; el hombre encapuchado alejándose tristemente de unas copas volcadas en el suelo; los lobos aullando a una luna reflejada en un río turbio; la pareja cogida de las manos bajo un arco de flores blancas; y el esqueleto cubierto por una túnica, armado con una guadaña y montando un corcel blanco. No sé sus significados, nunca las había visto, no puedo entenderlas, pero algo sube desde mi estómago, mareándome, las sienes me palpitan violentamente, tengo mucho calor,… la carta de los enamorados me quema en las manos, la suelto y cae haciendo un sonido extraño, como una rama al romperse,…

—¡Estira! ¡Maldita cría! ¡Estira! —mamá agarra sus piernas con fuerza, sus ojos parecen inyectados en sangre, aún me duele la mejilla, la marca de sus dedos arde en mi piel.
Me cuelgo de sus zapatos marrones, sus favoritos, el cuello de papá cruje, yo caigo al suelo con uno de sus zapatos en las manos. Un crujido más fuerte, sordo y sonoro, y su cuerpo, como un saco de patatas, cae a mi lado junto con la gruesa rama del viejo roble del jardín. Mamá tiene el serrucho en la mano, me observa mientras aprieta el mango y sus nudillos se vuelven muy blancos. Otro bofetón en la cara, en el mismo sitio, después una patada en el estómago, me retuerzo mirando los ojos ensangrentados y sin brillo de papá. No, aquel ya no es papá.
—¡Levántate ya, maldita niña consentida! —Obedezco —Vigila el cuerpo, voy a llamar a una ambulancia, a la policía,… —me grita. Al alejarse le va echando miradas, como si fuera a moverse.
No puedo llorar, me duele, pero mis lágrimas están secas. Un extraño sonido, como algo arrastrándose por la hierba, llama mi atención, sus dedos tocan mis pies descalzos.
—Siempre serás mi princesa, mi estrella, mía… —sus labios muertos hablan sin vida, sin palabras, sin sonido.

—Astrid, Astrid, ¿estás bien?
Golpeo la mano que está sujetándome la barbilla, acariciándome. Chillo hasta que siento sabor a sangre en mi boca. Tío Bernard me observa sin saber qué decir, Noa tiene los ojos desorbitados y parece atemorizado.
—Yo… —trato de disculparme, pero la verdad es que no estoy muy segura de lo que ha ocurrido.
— ¿Qué te ha pasado? —pregunta Noa —Tía, ¿estás bien?
—Voy a devolvérselas ahora mismo —dice tío Bernad, su rostro es duro y severo, recoge la baraja y la guarda dentro del pañuelo.
—No —cojo su brazo —. No las devuelvas, las cartas no tienen la culpa.
Él me mira, está muy preocupado, teme que vuelva a enfermar, o quizá algo peor.
—Por favor —ruego.
Accede, siempre accede, siempre me hace caso. Me consiente, me mima, nunca me niega nada. Noa nos observa, sigue pálido.
—Tengo que irme, mi madre me ha dicho que hoy no llegue muy tarde –se excusa. No suele dar motivos, nunca da excusas, hace las cosas y ya –. Nos vemos mañana en clase.
—Vale —respondo.
Golpea la puerta con rabia al salir. Tío Bernard continúa mirándome, yo sigo agarrándole el brazo. Sus ojos brillan, de forma diferente, debe estar preguntándose qué ha ocurrido, para qué quiero las cartas, pero no lo sé ni yo misma. Me las devuelve.
—Está bien, quédatelas, pero si te ocurre algo más se las devolveré a la señora Valette.
Asiento dándole un beso en la cara, huele a aftershave y champú de hierbas.
—Hoy yo hago la cena.
Se sienta complacido. El pequeño paquete morado queda silencioso sobre la mesita del café, justo en aquella esquina donde días antes una sombra me rozó.

viernes, 16 de mayo de 2008

Astrid, capítulo 11: El Principito / Le Petit Prince


Jueves, 28 de febrero de 2008
En Barcelona

De rodillas rebusco en las pocas cosas que hay arrebujadas en mi maleta. La verdad es que, excepto por las pesadillas que me persiguen, siento que estoy empezando una nueva vida, pues todas mis pertenencias se quedaron en mi antigua casa. Me es difícil imaginar que otra niña pueda estar durmiendo en mi cama, jugando con mis cosas, meciéndose en el viejo columpio del gran roble del jardín… Un escalofrío recorre mi columna haciéndome dar un brinco. Necesito alejar esa imagen de mi memoria.
Finalmente lo encuentro, al fondo de todo, cubierto por dos camisetas de tirantes, el sobre lacrado a mi nombre sigue allí. Cuando mi madre me ordenó que hiciera la maleta fue lo primero que metí en ella, la carta y mi peluche preferido, pero desde entonces nunca la he vuelto a mirar; la verdad es que incluso la ropa me ha quedado pequeña, siempre parece que vaya con piratas y camiseta de tres cuartos.
—Dos años y medio… —pienso en voz alta — ¿Tanto tiempo ha pasado ya?
Pero por mucho tiempo que pase sigo imaginándome que él aparece por la puerta, que dice mi nombre alegremente y todo vuelve a ser como antes.
—Astrid —oigo tras de mí.
El corazón casi se me sale por la boca. Me giro temerosa de verle de nuevo con aquel aspecto de muñeco de trapo: la lengua asomando entre sus labios manchados de sangre, el cuello fuera de su lugar, demasiado largo, sin consistencia, como si no hubiera hueso que lo aguantara, como la cabeza de un muñeco de esos con muelle. Tío Bernard, con un gesto de ilusión en sus ojos, esta en el umbral de mi puerta llevando un paquete en las manos.
—¿Qué haces en el suelo? —me pregunta reprendiéndome.
Mi palidez no es debida al malestar, la fiebre parece haber remitido y me siento mucho mejor, pero él ha preferido que me quede en cama un día más. “Una enfermedad mal curada es peor que la enfermedad en sí”, me ha dicho por la mañana cuando intentaba convencerle de que estaba bien, seguramente repitiendo una frase que su madre le debió haber dicho una y otra vez.
—Toma —dice con una sonrisa tan amplia que puedo ver todos sus dientes blancos y alineados, cada uno de ellos sonriéndome también.
— ¿Qué es? —pregunto sentándome en la cama.
—Venga, ábrelo —apura retorciéndose las manos nervioso. Miro su expresión jovial en su nuevo rostro rasurado. Ahora sí que parece mi hermano mayor.
Rasgo el papel y el plástico de burbujas, y dentro encuentro un precioso libro titulado: El Principito / Le Petit Prince. Observo a mi tío, pienso que pronto, como no deje de sonreír, se le quedara esa cara de tonto para siempre.
—Nunca lo he leído —comento examinando el volumen y ojeando las hermosas páginas con ilustraciones a gran tamaño y claramente hechas a mano –. Prometo que hoy mismo me pongo con él.
Parece complacido. Analizo el remitente, viene de Sevilla, de su amigo el librero, ese tal Ernesto, aunque no ponga su nombre sí está el de su tienda. Le contemplo, ¿por qué se habrá molestado tanto en buscarme este libro? Cojo el sobre a mi nombre y lo coloco entre las hojas de mi nuevo y preciado tesoro, del primer objeto de mi recién estrenada vida.
— ¿Qué es eso? —pregunta él reconociendo la caligrafía de su difunto hermano.
—Algo para lo que aún no estoy preparada —respondo dejando el libro sobre la mesita de noche y recogiendo el papel y el plástico que hay esparcido sobre las sábanas azules de mi cama.


jueves, 8 de mayo de 2008

Astrid, capítulo 10: El sobre lacrado

Miércoles, 27 de febrero de 2008

En Barcelona

—No te preocupes —dice papá acariciándome el pelo —. Todo va a ir bien, ya no tendrás nada que temer.
Sus ojos, como dos claros cielos en primavera, me sonríen. Dejo la muñeca con la que estaba jugando en el suelo y le abrazo.
—Astrid, mí niña, mí luna, mí princesa,… —me besa en la frente —Mamá cuidará de ti.
— ¿A dónde vas papá? —le pregunto apretando el puente de mi nariz contra su barbilla.
—A un lugar donde no puedes seguirme mí amor —me explica amablemente.
— ¿Pero por qué? —no quiero que se marche.
—Para protegeros, debo que protegerte mí estrella.
Tengo miles de preguntas que hacerle, pero papá no me deja, tiene prisa por decirme algo.
—Escúchame atentamente mí niña —sus finos labios gesticulan abiertamente, marcando cada sílaba, cada letra —. Pase lo que pase recuerda que eres lo que más quiero y que nunca me iría sin una buena razón. Abre el cajón de tu mesita de noche y guarda bien lo que encuentres en él —dice señalando el pequeño mueble blanco que acompaña a mi cama.
Me levanto y abro el cajón, dentro me saluda un sobre lacrado con mi nombre.
—¡¡AhHhHH!! —un chillido desgarrador desde el jardín hace que el sobre caiga de mis manos arrancándole a su interior un grito metálico.
Papá ya no está en la habitación. Bajo las escaleras todo lo rápido que me permiten mis cortas piernas. Siento mi corazón aporreándome el pecho. Abro la puerta trasera. El verdor de la mañana me deslumbra. Corro descalza sobre la hierba húmeda. La manguera sigue escupiendo agua abandonada entre los rosales. Mamá parece una roca gris, de rodillas sobre el césped, agarrándose la cabeza, arañando sus mejillas como si tratara de arrancarse los ojos.
— ¿Mamá? —le pregunto. No parece oírme.
Cuando la toco me golpea con tal furia que caigo al suelo. Tendida veo una sombra que se mece con el suave viento matinal. Dolorida me incorporo. De una de las fuertes ramas del viejo roble que siempre ha vivido en el jardín papá cuelga, balanceándose, como si fuera un columpio roto.
Bañada en sudor y lágrimas despierto en la cama de tío Bernard. Junto a mí, apretándome el brazo derecho, veo a Noa, pálido y preocupado.
—Perdona —dice soltándome —, estabas chillando, llorando, dando patadas,… y te he despertado, ¿qué soñabas? —pregunta sin apartar la vista de mí que, secándome la frente, lucho por recomponerme.
—Nada —respondo —, sólo era una pesadilla. ¿Dónde está mi tío?
—Cuándo he llegado me ha preguntado si podía cuidar de ti un momento, que tenía que ir a comprar algo —Se encoge de hombros.
Entiendo, debe haber ido a por ingredientes para hacer caldo, no ha dejado de repetir eso toda la mañana.
— ¿Y tu qué haces aquí? —intento parecer calmada, como si nada peleara en mi interior, desbordándose.
—Bueno, has faltado y quería saber cómo estabas… —se sienta en una silla junto a la cama —Tenía miedo de que hicieras otra estupidez, ¿sabes? —ríe señalando mi pelo corto y despeinado –Últimamente todo está raro, desde el lunes una niebla extraña y densa ha cubierto la ciudad, quién sabe, quizá te conviertes en una chica-lobo o algo.
En ese momento agradezco el hecho de que Noa se acercara a mí, pero, a pesar de que intento sonreír sinceramente, una imagen no deja de llamarme desde el fondo de mi maleta, oculta en la oscuridad del armario de mi habitación.

miércoles, 30 de abril de 2008

Astrid, capítulo 9: La sombra

Martes, 26 de febrero de 2008
En Barcelona

La tortilla empieza a oler bien, me rugen las tripas. Ayer, tío Bernard me dejó quedarme con él en la librería, saltarme las clases e ir a la peluquería a que me arreglaran el pelo, por eso le estoy haciendo la cena, como compensación: una tortilla francesa con queso y orégano y una ensalada de tomate con ajo y guindilla; platos que solía hacer mi padre, le encantaba el queso y el picante.
A mi espalda, en el hueco que da al comedor, como si fuera una ventana de restaurante, siento unos ojos que me contemplan, una presencia en silencio que observa cada uno de mis movimientos. Sonrío. Desde la tarde del domingo en la librería estamos más unidos. Con gesto amable y cariñoso me giro para sorprenderle mientras me espía, pero no es a tío Bernard a quien me encuentro vigilándome desde el oscuro hueco que da al salón sin iluminar. El plato en el que había batido los huevos y el queso se estrella contra el suelo y se hace añicos. Intento chillar, pero no sale voz alguna de mis labios. Aquel ser parece mover su boca sombría, sus manos de bruma rasgan el aire de la sala, parece gesticular, a pesar de ser como la misma noche tiene luz en medio de la negrura. Mi mirada se queda clavada en su figura, no puedo moverme, pero “eso” sí, y desaparece por la derecha, hacia donde está la puerta de la cocina. Empiezo a temblar, indefensa. Las cortinas de tubos de madera color tierra húmeda bailan entrechocando, cantando con un sonido que normalmente me resulta agradable, melódico, pero esta vez me parecen chillidos arrancados a un millar de pollos a punto de convertirse en pechugas rebozadas y nugets. Algo la aparta a un lado, haciendo hueco para poder pasar, mi espalda choca en un espasmo, en un intento de huida, contra el mármol de la cocina. Me convierto en un ovillo, clavándome la cerámica del plato en la rodilla derecha, no siento el dolor, solo el pavor que inunda mi ser, el sudor frío y amargo que cubre mi cuerpo, mi boca seca y pastosa sin capacidad para comunicarse. Ahora sólo soy un pequeño animal, un animal aterrado y atrapado.
—Astrid, ¿qué haces en el suelo? Levántate, estás sangrando.
Me ayuda a volver a una posición casi erguida, pero sigo tiritando, ahora más de frío que de miedo. Tío Bernard toca con el dorso de su mano mi frente, después mi cuello.
—¡Estás hirviendo! —exclama.
Apaga el fuego de la tortilla, ya empezaba a salir humo, no he podido hacer ni eso bien, ni una cena. Rodea mis hombros y me acompaña a la puerta, pero cuando nos acercamos “lo” veo, sigue examinándome, esperándome, justo al lado de la mesita del café, en el paso hacia las habitaciones. Me quedo clavada, como una estaca, no muevo una sola articulación, ni siquiera tiemblo.
—Vamos, Astrid, tengo que curarte la pierna y debes acostarte —ruega tío Bernard, pero no puedo obedecer, aquella cosa parece sonreír, satisfecha por el miedo que me paraliza, que me impide llevar una vida normal.
Tío Bernard me ha soltado, me observa fijamente, sigue mi mirada hasta la oscuridad del salón. Sólo el baño, al final del pasillo, está iluminado, allí donde tío Bernard, ahora con albornoz, se estaba duchando y afeitando a juzgar por la espuma blanca que cubre la mitad de su cara.
—Astrid, ¿qué estás viendo? ¿Qué te da tanto miedo? —pregunta. ¡¿Qué estoy viendo!? Eso me ha preguntado, ¿acaso ve él también algo? ¿Sabe qué es?
Intento hablar pero sólo digo palabras sin coherencia.
—Sombra… sombra… —repito, no me atrevo a señalar, temo que la boca de esa cosa sea tan rápida como para desgarrarme el dedo por descubrir su posición.
Tío Bernard me alza en brazos.
—Tranquila, yo te llevaré hasta el baño, no te hará nada —dice —. Tú cierra los ojos, y abrázate a mí.
Eso hago, oculto mi cabeza en el pliegue entre su brazo izquierdo y su pecho. Huele a jabón. Rodeo su cuello con tal fuerza que siento que le hace daño, pero no puedo evitarlo, temo que ese ser me lleve lejos, que me arranque de sus brazos. Al pasar por el salón noto algo frío que roza mi pelo, pero no llega a tocarme, la presencia de tío Bernard parece no dejar que se acerque a mí. Una vez en la seguridad del baño bien iluminado, me sienta en la tapa del váter y cierra la puerta con pestillo.
—Estás a salvo, ¿ves? —asegura. Sí, con él estoy a salvo, pero los orbes de petróleo de esa cosa atraviesan la oscuridad del pasillo llegando hasta mí.
Se sienta en la banqueta del baño y con un poco de algodón y mercromina cura la herida de mi rodilla.
—No es profunda, tranquila, sólo un rasguño —Sigo temblando —. Tendrás que acostarte, si quieres cenaremos en tu habitación, pero tienes fiebre, no puedes quedarte en pié, y veremos si mañana irás a clase —parece que cree que lo que me atemoriza es debido a la fiebre.
—¿No has visto nada? —Preguntó al fin habiendo recuperado mi voz — ¿Entonces porqué has venido? Te estabas afeitando.
Tira los algodones sucios a la papelera y humedece en el grifo una toalla limpia. Vuelve a sentarse y la pasa por mi frente, mi cuello, mi nuca,…
—He oído el ruido del plato al romperse y he salido para ver qué te pasaba —la dobla y sigue refrescándome con el lado que aún no está caliente —. Pero no he visto nada —me mira fijamente, siento que sus ojos ven más allá de la máscara que muestro a los demás —. Pero eso no significa que no te crea.
—Entonces déjame que duerma contigo, no me dejes sola —le suplico.
Él asiente, accede a mi petición aunque eso conlleve cerrar la tienda durante todo un miércoles.
—Está bien Astrid, pero tú tendrás que contármelo todo —Bajo la vista, no sé como puedo explicárselo, temo que me odie, que me mande al internado —. Quiero que cuando te veas capaz confíes en mí.
Le abrazo. No sé que haría sin él.

miércoles, 23 de abril de 2008

Astrid, capítulo 8: Laura

Domingo, 24 de febrero de 2008
En Barcelona

La luz del sol se cuela entre las hojas de los árboles haciendo hermosas cenefas en el suelo de tierra color chocolate. El sonido de la cascada artificial me transporta a otros mundos, otros lugares, otros tiempos, cuando papá seguía vivo y me hablaba de las ninfas de los ríos, las nereidas de los mares y las hadas de los bosques.
—Astrid, necesito preguntarte algo —dice tío Bernard obligándome a abandonar mi mundo imaginario.
Me giro y le observo. Viste unos tejanos descoloridos, una camiseta color vino y una chaqueta de punto gris oscuro. En la mano lleva un botellín de agua que ha comprado en el quiosco de la entrada por si tengo sed.
— ¿Qué ocurre? —le pregunto.
Sus ojos centellean dando la impresión de que una llamarada cobriza los enciende, pero sólo es la luz del sol reflejada en su mirada. Su boca se tuerce. En estos días la barba le ha crecido mucho y la mitad de su rostro ha quedado oculto tras una mata de pelo rojo, creo que intenta parecer mayor, darme más seguridad, o quizá quiere sentir que es capaz de cuidar de mí.
—Verás, he estado hablando con tu madre —traga saliva. Le cuesta decirme lo que está mascando, no me había comentado nada sobre sus conversaciones con mi madre —. Laura quiere quedarse en Francia —se rasca la mejilla izquierda y mira al suelo. Yo no entiendo muy bien por qué se pone tan nervioso.
— ¿Quiere que vaya? ¿Es eso? Te vendré a visitar, yo…
—No Astrid, no —me interrumpe. Agachándose se pone a mi altura y me mira fijamente, me veo reflejada en el mar castaño de sus ojos —. Tu madre ha vendido vuestra casa con todo lo que había dentro. Se quiere quedar en Francia, quiere cortar con todo lo que la ligaba a tu padre —sus manos se aferran a mis hombros. ¡¿Cómo ha podido mamá vender la casa!? —. Astrid, quiere enviarte a un internado hasta que cumplas la mayoría de edad. No piensa volver y no quiere que tú vayas —sus palabras me arrastran al abismo, su voz, su dulce voz, me hunde.
Me doy la vuelta, siento que mi codo golpea algo sólido, pero no compruebo el qué, salgo corriendo. Corro, huyo, quiero desaparecer.
La campanilla japonesa canta tímida. La puerta se abre y se cierra. Sus pasos son sólidos, su voz firme, pero no le escucho. Sólo veo el suelo ensombrecido por la tarde. Él enciende los focos de Babilonia, la luz arranca brillos, destellos, a las tijeras plateadas que sostengo entre mis dedos.
—Astrid, ¿qué has hecho? —entiendo al fin sus palabras.
Miro a mi alrededor y dibujo en mi mente el cuadro que él debe estar contemplando: su sobrina, sentada en el suelo de la tienda, con unas tijeras en la mano, rodeada de rizos dorados, de mechones de pelo, segados, el parquet es ahora una fosa común de pelo muerto.
Sus manos acarician las mías, el filo suena metálico sobre el mostrados y él vuelve a mí.
—Astrid, ¿por qué lo has hecho? —pregunta.
Sabía que algo iba mal, yo lo sabía, pero no quería creerlo,…
—No quiero parecerme a ella, yo también quiero borrarla —mi voz no parece mía, suena temblorosa, débil —. No me importa que ella me abandone —los ojos me arden, siento que algo trepa por mi garganta y queda encallado en donde salen los sonidos de mi boca —, pero, ¿por qué tu quieres mandarme allí? ¿Por qué vas a dejar que ella me encierre? —“Laura” es un eco en mi cabeza, ya no es “mamá”, es “Laura”, es “ella”. Mi tristeza, mi impotencia, se desborda, las lágrimas empapan mi cara, no puedo reprimirlo, siento que me falta el aire —No me dejes, por favor —no puedo seguir hablando, mi voz es muda.
Siento su abrazo, él también tiembla, se aparta para acariciarme la cara, para besarme las mejillas, los párpados, la frente.
—Jamás te dejaría Astrid —él también está llorando —. Te dije que quería preguntarte algo, siento no haber empezado por ahí, haberte causado todo este sufrimiento. Dime Astrid, ¿quieres vivir conmigo? ¿Quedarte conmigo? –sus ojos llorosos, encarnados, me preguntan algo para lo que ya tienen respuesta.
Me arrojo a sus brazos, cae hacia atrás, quedando sentado, me acurruco contra él.
—No iré a ningún lado sin ti —susurro acariciando con el dedo índice su labio herido, él era lo que había golpeado mi codo en la huida.
Me pregunto cómo se habrá preocupado buscándome durante todo el día. Sé que ahora sonríe. Acaricia mi pelo corto y oigo una risa ahogada.
—Tendremos que ir a una peluquería, ¿crees que habrá hoy alguna abierta?
Yo también río, nuestras carcajadas inundan la estancia, cada librería, cada título. Prefiero no mirarme al espejo.

jueves, 17 de abril de 2008

Astrid, capítulo 7: Querido diario

Sábado, 23 de febrero de 2008
En Barcelona
Querido diario,
No sé que se supone he de hacer contigo, la psicóloga del instituto dice que es bueno que hable sobre mi día a día, que escriba las cosas buenas que me pasan, que medite sobre mis problemas, y descubra quién soy. Yo creo que no son más que un montón de sandeces, pero bueno, tío Bernard ha insistido mucho, te ha comprado, y se debe haber gastado un buen picotazo al juzgar por la pequeña tienda exclusiva de libretos forrados en piel y cosidos a mano, y plumas y bolígrafos de diseño donde te encontró, así que mejor que te saque partido.
Quizá debería presentarme, sería lo suyo, por educación, no sé hacia quien, pero se supone que he de pensar que hablo con alguien, así que:
Mi nombre es Astrid Lázaro Agreda y tengo 12 años. Mi madre me ha abandonado por un hombre engreído, forrado en billetes, que no me soporta. Mi padre se colgó del roble del jardín de casa, pues estaba demasiado asustado para seguir viviendo.
Ahora vivo con tío Bernard, cualquiera pensaría que es demasiado joven para encargarse de mí, pero abandonó sus estudios a los 19 años para cuidar de mi abuelo con alzeimer y de la librería familiar, así que me siento en buenas manos, aunque al principio fuera reacia a creerlo.
La verdad es que, a parte de todo lo anterior, de mis temores, y el hecho de que me odien en el instituto, estoy bastante bien ahora. »
Dejo un segundo la pluma apoyada en el mostrador y contemplo a una mujer que ha cogido el ejemplar de La Isla del Tesoro de R. L. Stevenson ilustrado a mano y, a pesar de ser una verdadera rareza, lo ojea como si se tratara de una revista barata. Por suerte tío Bernard también la ha visto y, con su blanca sonrisa y sus cálidas maneras, consigue que deje en su lugar el ejemplar y la conduce, con paso torpe pero seguro, hasta los cuentos infantiles.
«La verdad es, querido diario, que tío Bernard me malcría, me da todo lo que quiero o, mejor dicho, todo lo que cree que puedo desear. Ayer por la noche, a pesar de que yo rechacé la oferta el día anterior, insistió en que Noa, mi nuevo y único amigo, se quedara a cenar. Comimos pizza y jugamos al Scattergories, tío Bernard ganó una partida, en el resto arrasé yo; poco se imaginan que mi libro preferido era la enciclopedia y que, para desgracia de mi padre que prefería leerme relatos heroicos y leyendas, le obligaba a explicarme unos cuantos términos y personajes cada noche antes de dormir.»
—Astrid —me interrumpe tío Bernard —, siento molestarte, pero me gustaría saber si mañana estaremos solos —Se frota las manos nervioso.
—Sí, claro —respondo sorprendida. Todos los domingos, desde que vine a Barcelona, los he pasado con él. Es nuestro día.
—Sólo quería asegurarme, no querría ser inoportuno si has quedado con Noa… —explica dejando el nombre de mi amigo suspendido en el aire, estudiando mi reacción.
Niego con la cabeza dando a entender que “nada de eso”. No sé que debe pensar de Noa, pero creo que le da demasiada importancia.
«Querido diario, he de ir despidiéndome, veo que han entrado dos clientes más, uno ha subido al piso de arriba y, hasta que tío Bernard aprenda a multiplicarse, tendré que atenderlo.
P.D.: Tío Bernard quiere hablar mañana conmigo y parece importante.»

miércoles, 9 de abril de 2008

Astrid, capítulo 6: Babilonia

Jueves, 21 de febrero de 2008

En Barcelona

Los jueves por la tarde ayudo a tío Bernard en la tienda. El día que me lo propuso, hace ya más de un mes, me negué en redondo, le dije que no quería perder mis horas libres en una librería vieja que huele a moho, él rió por lo bajo. Más tarde, cuando le pregunté porqué se había reído me contestó que papá le explicó cuánto me gustaban los libros y que le había ordenado la biblioteca de casa por temas, autores y, finalmente, alfabéticamente. Además, me había pillado más de una vez, en sus asiduas visitas a la casa donde antes vivía, oliendo los libros viejos y acariciando sus páginas amarillentas.
—Sé que compartes el amor por los libros de tu padre, te viene de familia Astrid —rió —. Tu abuelo abrió esta librería, yo continúo en ella, y a pesar de que tu padre no pudiera permanecer en la ciudad, persistió, aunque de otra forma, escribiendo.
Los jueves y viernes por la tarde no tengo clase, así que ayudo en Babilonia. Los sábados me paso el día atendiendo al público, y el resto de días estudio en la mesa del fondo del pasillo de arriba. Digamos que pasó más tiempo aquí que en el piso de tío Bernard.
El domingo, tío Bernard me lo dedica, me lleva a pasear por la ciudad, me ha enseñado el barrio gótico, el casco antiguo, el Carrer Tallers, la Sagrada Familia y la Pedrera,… pero mi lugar preferido es el Parque del Laberinto y, aunque no se lo he dicho, espero que vuelva a llevarme pronto.
La campanilla de cerámica negra de la puerta de entrada repiquetea y Noa, con sus pantalones anchos y una sudadera a cuadritos negros y grises, aparece despeinado en el portal.
—Hola Astrid —dice acercándose a mí con sus andares de chulo que le hacen asemejarse a un pato.
—Noa, estoy ocupada —le contesto colocando algunos libros desordenados en su lugar.
—Venga tía, ¿no te irás a pasar todo el día aquí encerrada? —dice haciendo una mueca de hastío.
Tío Bernard sale de la trastienda y observa a mi amigo, después me mira a mí, y una extraña sonrisa juguetona se dibuja en su rostro haciendo que su recién estrenado bigote rojo emule la forma de un arco longbow.
—Astrid, hoy no hay apenas clientes, ¿porqué no vais a dar una vuelta? Y, si tu amigo quiere, puede venir después a cenar, pediré una pizza —dice posando su mano en mi hombro y apretándolo con afecto.
—Pero tengo que ordenar todo esto —digo en tono de súplica señalando los libros fuera de su lugar, esperando que repiense su propuesta.
—Venga —contesta dándome un billete de 10 euros —, no te hagas derogar.
Con la chaqueta puesta y de morros salgo a la calle con Noa.
— ¿Es tu hermano? —pregunta haciendo un gesto con la cabeza hacia la tienda.
—No, no tengo hermanos —respondo enrollándome la bufanda azul turquesa alrededor del cuello —. Es mi tío, el hermano de mi padre.
—Vaya… -suspira sorprendido — ¿Qué edad tiene?
—27.
Me mira con los ojos muy abiertos.
— ¿Y tu padre cuántos tenía?
Ante aquella pregunta comprendo el motivo de su sorpresa.
—Mis padres se casaron muy jóvenes, mi madre me tuvo a los 20, y mi padre y mi tío se llevaban 5 años, tío Bernard es el pequeño.
Noa asintió entendiendo el porqué del aspecto juvenil de aquel que era ahora responsable de mi bienestar.
— ¿Y vives con él? —sigue interrogando.
—Sólo hasta que vuelva mi madre.
Noa gesticula unas palabras que no llegan a salir de sus labios y se dispone a preguntar algo más.
—Mira, esto no me divierte, así que si quieres que vayamos a algún sitio bien, sino vuelvo a la librería con mi “interesante” tío —digo mirándole amenazante.
Noa resopla y me da un golpecito en el brazo.
—Qué mala hostia tienes, tía —dice —. Me gusta, a eso mi abuela lo llamaba carácter. Venga, vamos a ver comics…